28 de diciembre, 2025

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Cristo nace. Glorifícalo.

En la Navidad celebramos con los ángeles: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres". Pero este domingo después de la Natividad, se nos recuerda que no todos se regocijan con los ángeles. Que Herodes se enfurece y asesina niños mientras busca al rey recién nacido.

Y hermanos y hermanas, no hay nada nuevo bajo el sol. Somos muy conscientes de tiranos asesinos que se enfurecen en nuestros propios días. Algunos de ellos incluso persiguiendo a otros por causa de Cristo. Y a diferencia de Herodes, estos tiranos ni siquiera temen a Dios. No temen su juicio, sino que persiguen con alegría, llamando a la luz tinieblas y exigiendo que aquellos bajo ellos se sometan a sus mentiras.

Pero ante esto, Dios en su Evangelio nos llama al valor, a levantar la luz de Cristo frente a esas tinieblas.

Escuchamos hoy cómo José huye a Egipto con su hijo y con la madre del niño. Y no es solo para escapar de la furia de Herodes, sino también, y más importante aún, para cumplir la profecía: "De Egipto llamé a mi hijo". Y cuando regresa, va a Nazaret para que Jesús sea llamado Nazareno. Y desde allí comenzará a proclamar el Evangelio, esta palabra de paz en la tierra, buena voluntad para con los hombres.

El mensaje del ángel que hemos escuchado, este mensaje de paz y buena voluntad, no depende de lo que encontramos en las noticias. No depende de los poderes de este mundo, ya sea que cooperen o no, ya sea que alguien esté dispuesto realmente a escuchar y seguir. Sino más bien, es la voluntad de Dios hacia nosotros siendo proclamada—su paz, su buena voluntad—que aquellos que lo siguen abrazan, que somos llamados a compartir con otros lo que nosotros mismos hemos recibido.

Tomamos el espíritu de paz en la tierra, buena voluntad para con los hombres, aun reconociendo que vemos muy claramente que en términos terrenales no hay mucha paz, que muy a menudo vemos maldad y voluntad corrupta. Y no debemos desanimarnos.

Uno de los himnos que escuchamos en este día, este domingo después de la Natividad del Señor, canta de cómo "Tu natividad se convirtió en la conmemoración de los sacerdotes, la fuerza y el gozo de los reyes". Regocijándonos en ella, cantamos: "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre". La Oración del Señor que aquí se recuerda continúa: "Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo". En la tierra, paz, buena voluntad para con los hombres.

¿Cómo ha de cumplirse esto? ¿Esperamos que surja algún rey sabio? ¿Nos contenemos hasta encontrar que otros están tomando esta causa de paz y buena voluntad? ¿Es así como debemos cumplir en nosotros mismos esta oración que rezamos cada día?

No. Al invocar el nombre de nuestro Padre celestial, estamos llamando a que su voluntad se realice primero en mí, el que realmente está orando, el que se atreve a llamar Padre a Dios. Y como sus hijos, al santificar su nombre, permitimos que su voluntad se haga en la tierra de mi propio corazón, para comenzar con su pueblo que es llamado por su nombre.

Y así hoy nos preguntamos: ¿Cómo puedo yo tomar este llamado? ¿Cómo podemos juntos abrazar esta palabra? ¿Cómo podemos llevar la luz de Cristo, el gozo de su natividad, a aquellos que nos rodean que están afligidos y oscurecidos en sus corazones? ¿Cómo podemos permitir que la paz de Cristo entre en nuestros propios corazones y encuentre morada allí, para llenarnos de tal manera que tengamos esa paz para compartir con otros?

¿Y cómo podemos en toda nuestra vida hacer de ella una proclamación con los ángeles de que Cristo nace—paz en la tierra y buena voluntad para todos?

Cristo nace. Glorifícalo.